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Viernes, 21 de julio de 2006

Entrevista sobre el Anti-Edipo. (Felix Guattari / Gilles Deleuze)

Entrevista con Gilles Deleuze y Félix Guattari, en Deleuze, Gilles, Conversaciones. Pre-textos. Valencia, 1996.
Los números entre corchetes corresponden a la paginación de dicha edición. El libro completo puede descargarse en http://es.geocities.com/anticivilizacion/deleuze_conversaciones.pdf

– Uno de ustedes es psicoanalista, el otro filósofo; su libro es un
cuestionamiento del psicoanálisis y de la filosofía que, además, presenta
algo nuevo: el esquizo– análisis. ¿Cuál sería entonces el lugar común
de este libro? ¿Cómo concibieron la empresa, qué transformaciones han
sido necesarias para uno y otro?

GILLES DELEUZE.– Habría que hablar en potencial, como las niñas
pequeñas (“nos habríamos encontrado, habría sucedido tal cosa...”).
Conocí a Félix hace dos años y medio. Él tenía la impresión de que yo
iba por delante de él, esperaba algo de mí. El caso era que yo no tenía
ni las responsabilidades de un psicoanalista ni las culpabili-[26]dades o
los condicionamientos de un psicoanalizado. Yo no tenía ninguna
posición que mantener, lo que me daba ligereza, y me enfrentaba a la
miseria del psicoanálisis con cierto desenfado. Yo trabajaba únicamente
en el campo de los conceptos, y aún de forma tímida. Félix me habló
de lo que él llamaba, ya entonces, las máquinas deseantes: toda una
concepción teórica y práctica del inconsciente–máquina, del inconsciente
esquizofrénico. Entonces tuve la impresión de que era él quien
llevaba la delantera. Sólo que, con todo y su inconsciente–máquina, él
hablaba aún en términos de estructura, significante, falo, etc. No podía
ser de otro modo, considerando la deuda que él (como yo mismo) tenía
con Lacan. Pero me pareció que, si encontrábamos los conceptos
adecuados para ello, todo funcionaría mejor que con unos conceptos
que ni siquiera son los del Lacan creador, sino más bien los de una
cierta ortodoxia que se ha constituido a su alrededor. Lacan dice:
“nadie me ayuda”. Nosotros le hemos ayudado esquizofrénicamente.
Precisamente porque tenemos una gran deuda con Lacan, hemos
renunciado a nociones como la estructura, lo simbólico o el significante,
malas nociones que el propio Lacan siempre ha sabido distorsionar
para mostrar su reverso.

De modo que Félix y yo decidimos trabajar juntos. Al principio por
carta. Después, por temporadas, mediante unas sesiones en las que
cada uno escuchaba al otro. Nos divertimos mucho. También nos
aburrimos mucho. Alguno de los dos hablaba siempre demasiado.
Ocurría a menudo que uno proponía una noción que no significaba
nada para el otro, y que el otro sólo conseguía utilizarla meses después
y en otro contexto. Y, además, leímos mucho; no libros enteros, más
bien fragmentos. A veces nos encontrá-[27]bamos con cosas realmente
estúpidas, que nos confirmaban lo pernicioso del Edipo y la enorme
miseria del psicoanálisis; y a veces dábamos con cosas admirables, que
nos parecían dignas de ser explotadas. Después escribimos muchísimo.
Félix trata la escritura como un flujo esquizofrénico que arrastra todo
tipo de cosas. Esto es algo que me interesa especialmente: que la página tenga fugas por todos lados sin dejar de estar, por otra parte, cerrada sobre sí como un huevo. Además, en un libro hay siempre muchas retenciones, resonancias, precipitaciones y larvas. Llegamos a escribir realmente entre los dos, no tuvimos ningún problema en ese sentido. Hicimos sucesivas versiones.

FÉLIX GUATTARI.– Por mi parte, yo tenía muchas “posiciones”, al
menos cuatro. Yo procedía de la Voie Communiste, y después estuve en
la oposición de izquierda; antes de Mayo del 68 escribíamos poco (por
ejemplo, las “nueve tesis de la Oposición de izquierda”) y agitábamos
mucho. Además, yo había participado en la clínica de La Borde en
Cour–Cheverny desde que Jean Oury la fundara en 1953 como una
prolongación de las experiencias de Tosquelles: intentábamos definir
teórica y prácticamente las bases de la psicoterapia institucional (yo,
por mi parte, experimentaba con nociones como las de “transver–
salidad” o “fantasía de grupo”). Y, finalmente, también me formé con
Lacan desde el comienzo de los seminarios. Así que mantenía una
especie de posición o de discurso esquizofrénico, siempre he estado
enamorado de los esquizofrénicos, siempre me han atraído. Hay que
convivir con ellos para comprenderlo. Al menos los problemas de los
esquizofrénicos son auténticos problemas, no como los de los neuróticos.
Hice mi primera terapia con un esquizofrénico y auxiliado por un
magnetófono. [28]

El caso es que estas cuatro posiciones, estos cuatro discursos, no
eran solamente posiciones o discursos, sino también modos de vida
que, forzosamente, experimentaba desde un cierto desgarramiento.
Mayo del 68 fue, para Gilles y para mí, como para otros muchos, una
sacudida: aunque no nos conocíamos entonces, nuestro libro es sin
duda una consecuencia de Mayo. No es que yo tuviese necesidad de
unificar mis cuatro modos de vida, lo que precisaba era más bien
recomponerlos. Contaba con algunas referencias, como por ejemplo la
necesidad de interpretar la psicosis a partir de la esquizofrenia. Pero
carecía de la lógica necesaria para esa reconstrucción. Había escrito en
Recherches un texto titulado “De un signo a otro”, un texto muy
influenciado por Lacan pero en el que ya prescindía del significante.
Ello no obstante, estaba aún enredado en una suerte de dialéctica. Lo
que esperaba de mi trabajo con Gilles eran cosas como el cuerpo sin
órganos, las multiplicidades, la posibilidad de una lógica de las multiplicidades con adherencias sobre el cuerpo sin órganos... En nuestro libro, las operaciones lógicas son al mismo tiempo operaciones físicas.

Lo que hemos buscado en común ha sido un discurso que sea a la par
político y psiquiátrico, pero sin que ninguna de las dos dimensiones
pueda reducirse a la otra.

– Ustedes oponen constantemente un inconsciente esquizoanalítico,
compuesto de máquinas deseantes, al inconsciente psicoanalítico, al
que dirigen toda clase de críticas. Utilizan la esquizofrenia como
patrón de referencia. Pero, ¿dirían ustedes sinceramente que Freud
ignoraba el dominio de las máquinas o, al menos, de los aparatos?
¿Dirían que no comprendió el campo de la psicosis? [29]

F. G.– Es complejo. En ciertos aspectos, Freud tenía plena conciencia
de que su verdadero material clínico, su base clínica procedía de la
psicosis, de Bleuler y Jung. Y esto es así hasta el final: todas las novedades del psicoanálisis, desde Melanie Klein hasta Lacan, proceden de la psicosis. Por otra parte, está el caso de Tausk: es posible que Freud temiese una confrontación de los conceptos analíticos con la psicosis.

El comentario sobre Schreber revela todo tipo de ambigüedades. En
cuanto a los esquizofrénicos, se tiene la impresión de que a Freud no le
gustan en absoluto, dice sobre ellos cosas horribles, extremadamente
desagradables... Ahora bien, es cierto, como usted dice, que Freud no
ignoraba la maquinaria del deseo. El deseo, las maquinarias del deseo
son incluso el descubrimiento propio del psicoanálisis. Nunca en el
psicoanálisis dejan de zumbar, de chirriar, de producir. Y los psicoanalistas no dejan nunca de alimentar o de realimentar las máquinas, sobre un fondo esquizofrénico. Pero quizá hacen o desencadenan cosas de las que no tienen clara conciencia. Quizás su práctica implica operaciones incipientes que no aparecen con claridad en la teoría. No hay duda de que el psicoanálisis ha perturbado toda la medicina mental, como una especie de máquina infernal. Aunque ya desde el principio estuviese sometido a compromisos, causaba perturbaciones, imponía nuevas articulaciones, revelaba el deseo. Usted acaba de invocar los aparatos psíquicos tal y como son analizados por Freud: aparece ahí todo un aspecto de maquinaria, de producción de deseo y de unidades de producción. Pero hay otro aspecto: la personificación de estos aparatos (el super–yo, el yo, el ello), una escenografía teatral que sustituye las verdaderas fuerzas productivas del inconsciente por simples valores representativos. Así es como las máquinas del deseo se convierten progresivamente en maquinarias tea-[30]trales: el super–yo, la pulsión de muerte como deus ex machina. Tienden progresivamente a funcionar fuera de la escena, entre bastidores. O bien como máquinas de ilusión, de producción de efectos. Toda la producción deseante queda anonadada. Nosotros decimos estas dos cosas al mismo tiempo: Freud descubre el deseo como libido, como deseo que produce; pero no cesa de enajenar la libido en la representación familiar (Edipo). Sucede con el psicoanálisis igual que con la economía política tal y como la veía Marx: Adam Smith y Ricardo descubren la esencia de la riqueza como trabajo que produce, pero no cesan de enajenarla en la representación de la propiedad. El deseo se proyecta sobre una escena de familia que obliga al psicoanálisis a ignorar la psicosis, a no reconocerse sino en la neurosis, y a dar una interpretación de la propia neurosis que desfigura las fuerzas del inconsciente.

– ¿Es esto lo que quieren decir cuando hablan de un “giro idealista”
en psicoanálisis, asociado a Edipo, y cuando se esfuerzan en oponer al
idealismo psiquiátrico un nuevo materialismo? ¿Cómo se articulan el
materialismo y el idealismo en el dominio del psicoanálisis?

G. D.– El objeto de nuestros ataques no es la ideología del psicoanálisis
sino el psicoanálisis en cuanto tal, tanto en su práctica como en su
teoría. Y no hay, en este aspecto, contradicción alguna en sostener que
el psicoanálisis es algo extraordinario y, al mismo tiempo, que desde el
principio marcha en una dirección errónea. El giro idealista está
presente desde el comienzo. Pero no es contradictorio: aunque la
putrefacción ya está en el origen, en ella crecen espléndidas flores. Lo
que nosotros llamamos idealismo en el psicoanálisis es todo un sistema
de proyecciones y reducciones propias de la teoría y de la práctica del
[31] análisis: reducción de la producción deseante a un sistema de
representaciones llamadas inconscientes, y a las formas de motivación,
de expresión y de comprensión correspondientes; reducción de la
fábrica del inconsciente a un escenario dramático, Edipo o Hamlet;
reducción de las catexis sociales de la libido a catexis familiares,
desviación del deseo hacia coordenadas familiaristas, Edipo, una vez
más. No queremos decir que el psicoanálisis haya inventado a Edipo.
Se limita a responder a la demanda, cada cual se presenta con su Edipo.
El psicoanálisis no hace más que elevar Edipo al cuadrado –un Edipo
de transferencia, un Edipo de Edipo– en la ciénaga del diván. Pues, ya
sea familiar o analítico, Edipo es fundamentalmente un aparato de
represión de las máquinas deseantes, en absoluto una formación
propia del inconsciente en cuanto tal. Tampoco deseamos sostener que
Edipo, o sus equivalentes, varíen según las formaciones sociales
consideradas. Estamos más inclinados a creer, como los estructuralistas,
que se trata de una constante. Pero es la constante de una desviación
de las fuerzas del inconsciente. Por eso atacamos a Edipo: no
en nombre de unas sociedades que no implicarían a Edipo, sino debido
a la sociedad que lo implica de un modo eminente, la nuestra, la
capitalista. No atacamos a Edipo en nombre de ideales pretendidamente
superiores a la sexualidad, sino en nombre de la propia sexualidad,
que no se reduce al “sucio secretito de familia”. No establecemos
diferencia alguna entre las variaciones imaginarias de Edipo y la
constante estructural, puesto que se trata en ambos extremos del
mismo atolladero, del mismo avasallamiento de las máquinas deseantes.
Lo que el psicoanálisis llama la solución o la disolución de Edipo es
en extremo cómico, ya que se trata precisamente de la puesta en
marcha de la deuda infinita, el análisis interminable, la epidemia
edípica, su transmisión de padres a hijos. Cuánto [32] desatino, cuántas
estupideces han podido decirse en nombre de Edipo, especialmente a
propósito de los niños. Una psiquiatría materialista es aquella que introduce la producción en el deseo y viceversa, la que introduce al deseo en la producción. El delirio no remite al padre, ni siquiera al nombre del padre, sino a todos los nombres de la Historia. Es algo así como la inmanencia de las máquinas deseantes en las grandes máquinas sociales. Es la ocupación del campo social histórico por parte de las máquinas deseantes. Lo único que el psicoanálisis ha comprendido de la psicosis es su línea “paranoica”, la que conduce a Edipo, a la castración y a todos esos aparatos represivos que se han inyectado en el inconsciente. Pero el fondo esquizofrénico del delirio, la línea “esquizofrénica” que diseña un campo ajeno a la familia, se le ha escapado por completo. Foucault decía que el psicoanálisis seguía siendo sordo a la voz de la sinrazón. Y, efectivamente, el psicoanálisis lo neurotiza todo y, mediante tal neurotización, no contribuye únicamente a producir esa neurosis cuya curación es interminable, sino al mismo tiempo a reproducir al psicótico como aquel que se resiste a la edipización. Carece por completo de una posibilidad de acceso directo a la esquizofrenia. Y pierde igualmente la naturaleza inconsciente de la sexualidad debido a su idealismo, al idealismo familiarista y teatral.

– Su libro tiene un aspecto psiquiátrico y psicoanalítico, pero también
un aspecto político y económico. ¿Cómo conciben ustedes la
unidad de estos dos aspectos? ¿Intentan ustedes recuperar de algún
modo la tentativa de Reich? Hablan ustedes de catexis fascistas, tanto al
nivel del deseo como al del campo social. Se trata en tal caso de algo
que claramente concierne al mismo tiempo a la política y al [33]
psicoanálisis. Pero no se comprende bien qué es lo que ustedes opon
drían a esas catexis fascistas. ¿Qué es lo que se puede contraponer al
fascismo? Se trata de una cuestión que no concierne únicamente a la
unidad de este libro, sino también a sus consecuencias prácticas: y
estas consecuencias son de una enorme importancia, porque si nada
impide esas “catexis fascistas”, si ninguna fuerza las contiene, si lo
único que puede hacerse es constatar su existencia, ¿cuál es el significado de su reflexión política y de su intervención en la realidad?

F. G.– Sí, como tantos otros, nosotros anunciamos el desarrollo de
un fascismo generalizado. Aún no ha hecho más que empezar, no hay
razones para que el fascismo no siga creciendo. Mejor dicho: o bien se
construye una máquina revolucionaria capaz de hacerse cargo del
deseo y de los fenómenos del deseo, o bien el deseo seguirá siendo
manipulado por las fuerzas de opresión y represión y terminará
amenazando, incluso desde el interior, a las propias máquinas revolucionarias.

Distinguimos dos clases de catexis en el campo social: las
catexis preconscientes de interés y las catexis inconscientes de deseo.
Las catexis de interés pueden ser realmente revolucionarias y, no
obstante, permitir la subsistencia de catexis inconscientes de deseo que
no lo son o que incluso son fascistas. En cierto sentido, lo que llamamos
esquizoanálisis tendría su punto ideal de aplicación en los grupos,
y especialmente en los grupos militantes: es en ellos en donde se
dispone de modo más inmediato de un material ajeno a la familia,
donde aparece el funcionamiento a veces contradictorio de las catexis.
El esquizoanálisis es un análisis militante, libidinal–económico,
libidinal–político. Al contraponer esos dos tipos de catexis sociales, no
estamos contraponiendo el deseo, como fenómeno suntuario o román
tico, a [34] los intereses, que serían económicos y políticos; al contrario,
pensamos que los intereses se encuentran siempre emplazados allí
donde el deseo ha predeterminado su lugar. Igualmente, no hay
revolución conforme a los intereses de las clases oprimidas a menos
que el deseo haya adoptado una posición revolucionaria que comprometa a las propias formaciones del inconsciente. Porque el deseo, en todos los sentidos, forma parte de la infraestructura (no creemos en absoluto en conceptos como el de ideología, que no sirve de nada a la hora de analizar los problemas: no hay ideologías). La amenaza permanente contra los aparatos revolucionarios estriba en hacerse una idea puritana de los intereses, que nunca se realizan más que en provecho de una franja de la clase oprimida que realimenta una casta y una jerarquía por completo opresiva. Cuanto más se asciende en una jerarquía, incluso aunque se trate de una jerarquía seudo–
revolucionaria, menos posible será la expresión del deseo (por contra,
tal expresión aparece en las organizaciones de base, aunque sea muy
deformada). A este fascismo del poder nosotros contraponemos las
líneas de fuga activas y positivas, porque tales líneas conducen al
deseo, a las máquinas del deseo y a la organización de un campo social
de deseo: no se trata de que cada uno escape “personalmente”, sino de
provocar una fuga, como cuando se revienta una cañería o cuando se
abre un absceso. Dejar que pasen los fluidos por debajo de los códigos
sociales que pretenden canalizarlos o cortarles el paso. Toda posición
de deseo contra la opresión, por muy local y minúscula que sea,
termina por cuestionar el conjunto del sistema capitalista, y contribuye
a abrir en él una fuga. Denunciamos toda la temática de la oposición
hombre–máquina, el hombre alienado por la máquina, etc. Desde el
movimiento de Mayo, el poder, apoyado por las seudo–organizaciones
de izquierda, ha [35] intentado hacer creer que sólo se trató de unos
cuantos niños mimados que luchaban contra la sociedad de consumo,
mientras que los obreros de verdad sabían perfectamente dónde
estaban sus intereses... Pero jamás hubo lucha contra la sociedad de
consumo (noción imbécil donde las haya). Al contrario, lo que decimos
es que aún no hay suficiente consumo, aún no hay suficiente artificio,
los intereses no estarán jamás de parte de la revolución hasta que las
líneas de deseo no alcancen el punto en el que el deseo y la máquina, el
deseo y el artificio, sean una sola cosa, el punto en el que se rebelen por
ejemplo contra los llamados “datos naturales” de la sociedad capitalista.
Nada más fácil que alcanzar ese punto, pues el más minúsculo de los
deseos se eleva hasta él, y al mismo tiempo nada más difícil, porque
comporta todas las catexis del inconsciente.

G. D.– En este sentido, la cuestión de la unidad del libro está fuera
de lugar. Hay, ciertamente, dos aspectos: el primero es una crítica de
Edipo y del psicoanálisis; el segundo, un estudio acerca del capitalismo
y de sus relaciones con la esquizofrenia. Pero el primer aspecto depende
estrechamente del segundo. Atacamos al psicoanálisis en los siguientes
puntos (que conciernen tanto a su teoría como a su práctica):
su culto a Edipo, su reducción de la libido a catexis familiaristas,
incluso bajo las formas encubiertas y generalizadas del estructuralismo
o del simbolismo. Decimos que la libido actúa mediante catexis inconscientes que difieren de las catexis preconscientes de interés, pero
que, como éstas últimas, conciernen al campo social. Sea una vez más
el caso del delirio: nos preguntan si hemos visto alguna vez un esquizo
frénico, pero nosotros preguntamos a los psicoanalistas si ellos han
escuchado alguna vez un delirio. El delirio no es familiar, [36] sino
histérico–mundial. Se delira a propósito de los chinos, de los alemanes,
de Juana de Arco y del Gran Mongol, acerca de los arios y los judíos,
del dinero, del poder y de la producción, y no en absoluto sobre papá y
mamá. Aún más: la famosa “novela familiar” depende estrechamente
de las catexis sociales inconscientes que aparecen en el delirio, y no a la
inversa. Intentamos mostrar en qué sentido esto es ya cierto en la
infancia. Proponemos un esquizoanálisis que se contrapone al psicoanálisis.

Basta con atenerse a los dos escollos principales con los que
tropieza el psicoanálisis: es incapaz de llegar a las máquinas deseantes
de cualquiera porque se mantiene en las figuras o estructuras edípicas;
es incapaz de llegar a las catexis sociales de la libido porque se queda
en las catexis familiaristas. Esto se observa a la perfección en el ejemplar psicoanálisis in vitro del Presidente Schreber. Lo que a nosotros nos interesa (y que, en cambio, no interesa en absoluto a los psicoanalistas) es esto: ¿Cuáles son tus máquinas deseantes? ¿Cuál es tu manera de delirar el campo social? La unidad de nuestro libro consiste en que entendemos que las insuficiencias del psicoanálisis, así como su
ignorancia del fondo esquizofrénico, están vinculadas a su profunda
pertenencia a la sociedad capitalista. El psicoanálisis es como el
capitalismo: la esquizofrenia es su límite, pero no deja de desplazar el
límite ni de intentar conjurarlo.

– Su libro está lleno de referencias, de textos que se utilizan generosamente, tanto en su propio sentido cuanto a veces contra él, pero se trata, en cualquier caso, de un libro cuyo subsuelo es una “cultura” precisa. Reconocen ustedes una gran importancia a la etnología, y sin embargo poca a la lingüística; otorgan gran relevancia a ciertos novelistas ingleses y americanos, pero apenas a las teorías [37] contemporáneas de la escritura. Más concretamente, ¿por qué ese ataque a la noción de significante, y cuáles son las razones que les hacen rechazar su sistema?

F. G.– No tenemos nada que ver con el significante. No somos los
únicos ni los primeros. Puede verse el caso de Foucault, o el reciente
libro de Lyotard. La oscuridad de nuestra crítica del significante se
debe a que se trata de una entidad difusa que todo lo reduce a una
máquina obsoleta de escritura. La oposición exclusiva y coercitiva
entre significante y significado está obsesionada por el imperialismo
del Significante, tal y como emerge con las máquinas de escritura. Todo
remite directamente a la letra. Tal es la propia ley de la hipercodificación
despótica. Nuestra hipótesis es esta: el Significante es el signo del
gran Déspota que, al retirarse, libera una región que puede descomponerse en elementos mínimos entre los que existen relaciones regladas.

Esta hipótesis tiene la ventaja de explicar el carácter tiránico, terrorista
y castrador del significante. Se trata de un enorme arcaísmo que remite
a los grandes imperios. Ni siquiera estamos seguros de que el significante pueda servir en el terreno del lenguaje. Por ello, nos hemos
vuelto hacia Hjelmslev: hace tiempo que él ha erigido una especie de
teoría spinozista del lenguaje en el cual los flujos de contenido y de
expresión prescinden del significante. El lenguaje como sistema de
flujos continuos de contenido y expresión, troquelado mediante
constructos maquínicos de figuras discretas y discontinuas. En este
libro aún no hemos desarrollado nuestra concepción de los agentes
colectivos de enunciación, una noción que pretende superar la escisión
entre el sujeto del enunciado y el sujeto de la enunciación. Somos
estrictamente funcionalistas: lo que nos interesa es cómo funcionan las
cosas, cómo se disponen, cómo maquinan. [38] El significante pertenece
aún al dominio de la pregunta: “¿Qué quiere decir esto?”, incluso es
esta misma cuestión en cuanto borrada. Para nosotros el inconsciente
no quiere decir nada, ni tampoco el lenguaje. El fracaso del funcionalismo se debe a que se ha intentado aplicar a dominios que le son extraños, a grandes conjuntos estructurados que, por serlo, no pueden estar formados de la manera en que funcionan. El funcionalismo, al contrario, no tiene rival en el dominio de las micro–multiplicidades, de
las micro–máquinas, de las máquinas deseantes, de las formaciones
moleculares. Y, a este nivel, no hay en absoluto máquinas cualificadas
de tal o cual manera, como por ejemplo una máquina lingüística,
porque hay elementos lingüísticos en toda máquina, en convivencia
con elementos de otro tipo. El inconsciente es un micro–inconsciente,
es molecular, y el esquizoanálisis es un micro–análisis. La única
cuestión es cómo funciona, con qué intenciones, qué flujos, qué
procesos, qué objetos parciales, cosas todas ellas que no quieren decir
nada.

G. D.– Eso mismo es lo que pensamos de nuestro libro. De lo que se
trata es de saber si funciona, y cómo y para quién. Es una máquina. No
se trata de releer, habrá que hacer otras cosas. Es un libro hecho
gozosamente. No nos dirigimos a quienes piensan que el psicoanálisis
sigue el camino correcto y tiene una visión apropiada del inconsciente.
Nos dirigimos a quienes piensan que es monótono, triste, como un
runrún (Edipo, la castración, la pulsión de muerte, etc.). Nos dirigimos
a los inconscientes que protestan. Buscamos aliados. Tenemos gran
necesidad de aliados. Tenemos la impresión de que nuestros aliados
están ya por ahí, que se nos han adelantado, que hay mucha gente que
está harta, que piensan, sienten y trabajan en una dirección análoga a
la nuestra: no se trata de [39] una moda, sino de algo más profundo,
una especie de atmósfera que se respira y en la que se llevan a cabo
investigaciones convergentes en dominios muy diferentes. Por ejemplo,
en etnología. O en psiquiatría. O el trabajo de Foucault: aunque no
practicamos el mismo método, tenemos la impresión de coincidir con
él en multitud de puntos, esenciales a nuestro modo de ver, del camino
que él trazó antes que nosotros. Es verdad que hemos leído mucho,
pero un poco al azar. Nuestro problema no estriba en un retorno a
Freud o a Marx. No es una teoría de la lectura. Lo que buscamos en un
libro es el modo en que abre el paso a algo que escapa a los códigos:
flujos, líneas activas de fuga revolucionaria, líneas de descodificación
absoluta que se oponen a la cultura. Incluso para los libros existen
estructuras, códigos y ataduras edípicas, tanto más solapadas por
cuanto no son figurativas sino abstractas. Lo que nos ha llamado la
atención de los grandes novelistas ingleses y americanos es ese don del
que los franceses casi siempre carecen, las intensidades, los flujos,
libros–máquinas, libros para ser usados, esquizolibros. Tenemos a
Artaud, y la mitad de Beckett. Quizá se reproche a nuestro libro el ser
demasiado literario, pero estamos seguros de que este reproche
procederá de profesores de literatura. ¿Acaso tenemos la culpa de que
Lawrence, Miller, Kerouac, Burroughs, Artaud o Beckett sepan más
acerca de la esquizofrenia que los psiquiatras y los psicoanalistas?

– Pero, ¿no se arriesgan ustedes a un reproche más serio? El esquizoanálisis que proponen es, de hecho, un anti– análisis; en consecuencia, se les podría reprochar que valoran la esquizofrenia de manera romántica e irresponsable; e incluso que tienen tendencia a confundir al revolucionario con el esquizo. ¿Cuál sería su actitud ante estas posibles críticas? [40]

G. D.– F. G.– Sí, una escuela de esquizofrenia sería una buena idea.
Liberar los flujos, ir siempre un poco más lejos en el artificio: el
esquizo es el que está descodificado, desterritorializado. Dicho esto, no
se nos puede responsabilizar de los disparates: siempre hay gente
dispuesta a esgrimirlos (véanse los ataques contra Laing y la antipsiquiatría).

Hace poco se publicó en el Observateur un artículo cuyo
autor (un psiquiatra) decía: doy muestras de mi valor al denunciar las
corrientes modernas de la psiquiatría y la antipsiquiatría. Nada de eso.
Lo que él hacía más bien era escoger el momento adecuado en el que la
reacción política se atrinchera contra toda tentativa de cambio en el
hospital psiquiátrico y la industria del medicamento. Siempre hay una
política tras los disparates. Nosotros planteamos un problema muy
sencillo, similar al de Burroughs frente a la droga: ¿se puede alcanzar la
potencia de las drogas sin drogarse, sin autoproducirse como un loco
drogado? Con la esquizofrenia pasa lo mismo. Por nuestra parte,
diferenciamos, de un lado, la esquizofrenia como proceso y, de otro, la
producción del esquizofrénico como entidad clínica apropiada al
hospital: ambos están en proporción inversa. El esquizofrénico del
hospital es alguien que ha intentado algo y ha fracasado, que se ha
derrumbado. No decimos que el revolucionario sea esquizofrénico.
Decimos que hay un proceso esquizofrénico de descodificación y
desterritorialización cuya conversión en producción de esquizofrenia
clínica sólo puede ser evitada por la actividad revolucionaria. Planteamos
un problema que concierne a la estrecha relación que existe entre
el capitalismo y el psicoanálisis, por una parte, y entre los movimientos
revolucionarios y el esquizoanálisis, por otra. Paranoia capitalista y
esquizofrenia revolucionaria, por así decirlo, pero no en el sentido
psiquiátrico de estos términos sino, al contrario, a partir de sus determina-[41]ciones sociales y políticas, de las que sólo bajo ciertas condiciones se deriva su aplicación psiquiátrica. El esquizoanálisis tiene un solo objetivo, que la máquina revolucionaria, la máquina artística y la
máquina analítica se conviertan en piezas y engranajes unas de otras.
Si, una vez más, consideramos el caso del delirio, nos parece que tiene
dos polos, un polo paranoico fascista y un polo esquizo– revolucionario. No deja de oscilar entre ambos polos. Esto es lo que nos interesa: la esquizia revolucionaria por contraposición al significante despótico. Por otra parte, no merece la pena contestar de antemano a los disparates, ya que son imprevisibles, como tampoco la merece luchar contra ellos cuando se producen. Es mejor hacer otras cosas, trabajar con quienes van en el mismo sentido. En cuanto a la responsabilidad o la irresponsabilidad, nada sabemos de tales nociones: se las dejamos a la policía y a los psiquiatras de los tribunales.

L’Arc. n.º 49, 1972,
entrevista con Catherine Backès–Clément

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