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raksasa

Domingo, 25 de diciembre de 2005

Por la boca del volcán (*)

El Surrealismo está presente allí donde no se instala la servidumbre, allí donde el hombre desespera de sí mismo. El Surrealismo es un estado en permanente revuelta contra todo y contra todos los que no aspiran a su liberación. No se reconoce más que en lo que tiene de irreductible: una necesidad imperiosa de libertad, a cualquier precio. En tanto que surrealistas, no insistiremos lo suficiente en una crítica implacable de aquello que quiera impedir por cualquier medio la liberación del hombre, su emancipación en los dos terrenos: el del espíritu y el social.

Ante el hecho flagrante de una putrefacción moral descaradamente asumida, proporcional por lo demás a una corrupción intelectual cuyo fruto absolutamente pocho no es sino el «aquí vale todo», es decir, el establecimiento claro de un estado general de alienación de las facultades del hombre, el pensamiento surrealista opondrá siempre la realidad del deseo, la omnipotencia del deseo y todo lo que en nombre de la Libertad exige de nosotros, sistemáticamente, alzarnos con todas nuestras resistencias para lograr este fin supremo (y esto en la medida misma en que, como Breton ya dijo, «las resistencias son libertades»).

Se trata aquí de que, recuperada su dignidad, obedeciendo sucesivamente al dictado de su corazón e inteligencia, el hombre se sitúe a la altura de sí mismo.

El Surrealismo se debe sólo a este fin supremo de liberación. No se puede buscar en él otra interpretación.

«Buscarle otro sentido es sencillamente un acto de servidumbre» (1).

* *

El carácter ministerial de algunos (momificadores sería la calificación más precisa), la particular condición de ratas de biblioteca de otros, en lo que deben creer que con ello «conservan» la belleza de los libros. Los comisarios de exposiciones, cuya pretención no se diferencia en nada de la de sus colegas de la policía: aplicando las técnicas propias de sus respectivos campos, no buscan más que tener atado y bien atado o en todo caso en «libertad condicional», lo que no se somete a la miseria del mundo, lo que propicia la manifestación de lo maravilloso. Hay también ese personajillo que se confunde tan fácilmente con los críticos de arte, más despreciable aún por su condición de pelota y adulador que en su afán de provocar simpatías ante lña celebración de tal o cual evento sobre Surrealismo, habla en términos hasta entusiastas del mismo. Sin entrar en consideraciones más graves sobre lo que hace que estos seres cambien más o menos rápidamente de opinión acerca de un pensamiento, lo que les delata, sin embargo, cuando se adentran en terrenos para los que creyeron era suficiente su conocimiento académico o la palidez de su erudición, es generalmente el uso de los verbos en tiempo pasado. Imbéciles como son, sólo ven la viabilidad del pensamiento surrealista en estos términos, esto es, lo niegan. Para ellos lo único que cuenta es alimentar su gusto por la obesidad, lucir su fofez de pensamiento, swatisfacer su narcisismo a costa de lo que sea. A su miseria de criterios añaden su miseria de espíritu, en lo que para ellos constituye su elemento natural, es decir, la miseria sobre la que tan confortablemente se han instalado.

No insistiremos lo suficiente en poner en evidencia a todos estos cretinos a cuyas actitudes de polizontes añaden inmediatamente después la de jueces y ejecutores.

Todos los que pretenden reconocer el Surrealismo en un sinfín de atributos ignorantes no esperan de nosotros sino nuestro desprecio: aquí se trata de una defensa –si fuera necesario a ultranza– de lo que para nosotros contiene la llama de lo liberador.

Más allá de todas estas consideraciones que parecen obedecer, en su condición de paralizantes, a la propia condición de quien las dicta, y que a fuerza de su machaconeo quedan desprovistas –como siempre lo estuvieron– de todo rigor intelectual y poético, el Surrealismo, lo repetiremos mil veces, continúa siendo en el terreno del pensamiento moderno y hasta nueva orden el sol cuyos rayos más ardientemente iluminan el destino del hombre, unos rayos cuya luz contiene todos los atributos de lo imperecedero. Es el movimiento del epíritu que sitúa a quien consiente su abandono incondicional a él, verdaderamente, en el ojo del huracán.

* *

Somos surrealistas, lo que quiere decir mucho más de lo que a algunos gusta en su complacencia imaginarse, de lo que la mayoría interpreta según la paga recibida. Somos surrealistas, lo que en 1990 conserva el mismo privilegio que busca y aspira, nada menos, que a llevar al hombre a la misma fuente de sus poderes, al fodo de sí mismo, el mismo privilegio que busca perpetuar su paso por la vida en términos de revelación, es decir, perpetuando en él su condición de eterno «Cerrajero».

Nuestra relación con el Surrealismo es análoga a la relación de ciertas mariposas nocturnas con el fuego, con la luz: inmediatamente atraídas por ellos, se abandonan hacia los mismos, guiadas, según parece, por una «atracción inconsciente hacia lo luminoso» (2). Así nosotros nos abandonamos a la corriente de lava que recorre los principios del Surrealismo, nos reconocemos en lo que será siempre un fuego que se aviva, esto es, un pensamiento que, para seguir su evolución, exige una reactivación de las distintas capas que lo conforman y en su superposición, propiciar las condiciones para su erupción.

Desde esta perspectiva seguimos celebrando en el Surrealismo cuestiones que, como el Amor, la Poesía, la Libertad, continúan sobreponiéndose en nuestra vida como la tarea a continuar, la conquista a celebrar. Y no enfatizaremos lo suficiente que la gestión de esta tarea será en todos los casos apasionada.

En tanto que asumimos en nosotros la identidad surrealista, no hacemos más que reafirmarnos y participar del foco en ignición del que se impregna el pensamiento surrealista, el mismo que contiene todas las luces, todos los fuegos, todos los alientos, el principio vital del que parten y al que se dirigen nuestros pasos y donde estamos seguros de hallar «Las Bestias Maravillosas» que portadoras de su incandescencia no esperan de nosotros otra cosa que, como la Salamandra, hacer del fuego nuestro elemento natural.

* *

La exploración de la vida, es decir, la aventura poética llevada si es preciso hasta lo «desconocido sin límites». La exaltación de lo maravilloso, implacablemente. La celebración anticipada de lo que va a suceder: tal es la consecuencia de una fe incondicional en el azar objetivo, de la convicción de que representa, en el terreno de la experiencia práctica en lo cotidiano, el modelo de la vida surrealista.

…Y el AMOR…, que sólo habla por la boca del volcán.

Afirmaciones de un pensamiento que, como el surrealista, con todas sus contradicciones –o precisamente por ellas– sigue constituyéndose en un proyecto cuya envergadura solicita de nosotros, cuando menos, situarnos a su altura. Aquí no se trata ya de tantear el terreno, sino de avanzar decididamente hacia el espesor del follaje «en bruto» que constituye la flora arborescente de esta Isla Prodigiosa, de reinventar el lenguaje que nos ponga en comunicación con la fauna que la habita. Se impone irreversiblemente la exploración que conduzca nuestros pasos allá donde jamás estuvieron ni en sueños, allá donde la invención de un nuevo juego propicie la conquista de nuevas tierras de placer. Para ello, no lo dudamos un momento, resulta absolutamente imperiosa la necesidad de restituir en nosotros mismos nuestra propia prospección, la investigación sistemática sobre la vida interior. Nuestra aspiración a interpretar la vida pasa fundamentalmente por retomar una conciencia a partir de la cual conducir la práctica y realización de esta condición fundamental de la experimentación surrealista.

Por lo demás, todo indica la necesidad de alcanzar cierto estado de espíritu que, operando en el dominiode lo sensible como una forma de conocimiento, sostenga a su vez sobre nuestra vida interior un permanente movimiento de oscilación, esto es, que ponga en tensión todo el ser: la dilatación de las venas, el fluír de la sangre y el corazón latiendo al ritmo de esos fenómenos naturales a cuyas latencias iniciales, la continuación de su manifestación provocará el espectáculo soberbio de las grandes depresiones. ¡Que este terreno ahora ante nosotros sea el espejo que devuelva nuestra propia imagen! En estas convulsiones seguimos reconociendo lo que contiene el principio de lo bello, el principio de lo revelador: lo que no espera de sí mismo, para ser, más que su vuelta del revés, su propia interpretación.

Hagamos nuestro el privilegio del pino canario para hacer brotar de entre los restos del incendio, el tallo verde que configure el «bosque de indicios» donde interrogar nuestro propio destino, donde celebrar lo que aún desconocemos, lo que más allá de su apariencia superficial contiene la piedra angular en torno a la cual reedificar con las piedras irreductibles de nuestro deseo la más sólida torre de nuestros más audaces sueños.

(*) Publicado en «Salamandra» , nº 3, Madrid, 1990.

(1) Mariano Auladen en Luz Negra. Comunicación Surrealista , nº 1, Gijón, 1980.

(2) Citado por J.E. Cirlot en su Diccionario de los Símbolos , Ediciones Siruela, Madrid, 1997, pág. 306.


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