anarquía, caos, lud(d)ismo, contracultura, groucho-marxismo, marxismo-lenonismo, post-izquierdismo y demás malvades.
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Lunes, 03 de octubre de 2005
Todas nuestras penas, como dice Bob Black, provienen del vivir en un mundo dominado por el trabajo. Si queremos dejar de sufrir habrá que dejar el trabajo. Ese ha de ser el primer punto de cualquier programa revolucionario. Esta gran verdad ha dado pie a formulaciones de cómo acabar con el trabajo no siempre claras, como la del manifiesto que ahora nos ocupa.
1. El concepto de trabajo en el manifiesto es equívoco. Hemos de entender siempre por trabajo, “trabajo social realizado”, o mejor, “mercancía trabajo”, o mejor aún, “trabajo asalariado”. El manifiesto por un lado así lo define, pero por otro incita a la confusión cuando habla de la abolición del trabajo en esta sociedad gracias a la microelectrónica; entonces se refiere a cualquier actividad productiva en la que intervenga el hombre. Parece insinuar que el hombre quedaría liberado de todo esfuerzo si se sometiese a las máquinas automáticas. En realidad, ya está sometido. La automatización corresponde a la fase más alta de la división del trabajo. Detrás de ella existe todo un proceso de fabricación de componentes. Al promover la división del trabajo, la técnica no lo abole, sino que crea más trabajo. Lo que las nuevas tecnologías han hecho por un lado ha sido convertir la mercancía trabajo en algo cada vez más fantasmagórico pero no por ello menos real. Por otro lado, han contribuido en gran medida a su desvalorización en el mercado. Los compradores de trabajo juegan con su poco valor tanto como con su escasez. Ciertamente el capitalismo moderno va camino de abolir el trabajo productivo realizado por obreros, pero sólo en la medida en que desarrolla trabajo improductivo (trabajo que no produce objetos materiales aunque sí mercancías, por ejemplo, servicios, o simplemente, actividades inútiles).
2. La inutilidad –y la nocividad—de la mayor parte del trabajo no quita valor a éste en las condiciones presentes. Lo que determina la necesidad del trabajo es su condición de mercancía más o menos valorada. La novedad reside en que el crecimiento de su demanda, contrariamente a fases anteriores del capitalismo, depende, no de los momentos de prosperidad, sino de las catástrofes. Las guerras, los desastres naturales, los estallidos de burbujas financieras, las quiebras fraudulentas de los estados, las nuevas epidemias, etc., son un poderoso estímulo de la economía. El terror es un factor de consumo de primer orden. La demanda –y el mercado—prospera realmente gracias a las crisis, y en consecuencia, al miedo. Las crisis, lejos de poner en evidencia el carácter irracional de la economía de mercado como hasta ahora era el caso, confieren un suplemento de racionalidad aparente a la producción de mercancías al tiempo que la vuelven en esencia más y más irracional. Se muestra como la única solución a los problemas que ella misma ha creado. En cuanto al trabajo, lo que ha pasado es que se ha vuelto aberrante pero no ha desaparecido.
3. La afirmación de que “un resurgimiento de la crítica radical al capitalismo que presupone la ruptura categorial con el trabajo” es una solemne trivialidad. Toda la obra de Marx (por no mencionar la de Lafargue, Bataille o la I.S.) se funda en esa ruptura. Recordemos que durante la guerra civil española a los obreros anarcosindicalistas les repugnaba calificar de “paga” o “salario” la remuneración del trabajo por la colectividad, y también lo predispuestos que estaban a abolir el dinero instaurando el trueque de productos o introduciendo vales. Parece que sin aquella ruptura con el trabajo “no será posible un proceso de solidaridad de grado elevado y a escala del conjunto de la sociedad. Y sólo en este sentido se pueden reaglutinar también las luchas de resistencia, inmanentes al sistema, contra la lógica de la lobbización y la individualización...” El problema consiste más bien en si las minorías que practican esa crítica son capaces de crear comunidades de resistencia lo bastante numerosas como para desencadenar un proceso de solidaridad y de lucha a gran escala, y más concretamente, si son capaces de organizar una huida masiva y consciente del trabajo. Pues a fin de cuentas, son las masas que por ahora piden desesperadamente “trabajo para todos”, es decir, entrar en el mercado laboral, las que habrán de sustraerse a dicho mercado. Llegados a ese punto, el manifiesto orienta su crítica contra la “izquierda”, es decir, contra un cadáver, y obtiene una sonada victoria (a moro muerto, gran lanzada). A partir de ahí no puede sino caer en el bizantinismo de quién fue antes, el huevo o la gallina: “sólo la crítica del trabajo formulada expresamente y el correspondiente debate teórico pueden crear esa nueva contrainformación, que es condición indispensable para que se constituya un movimiento social práctico contra el trabajo”. Según el manifiesto, primero han de ser los teóricos (el huevo), con lo que parece zanjarse el problema, que sin embargo queda sin resolver, de las condiciones reales de formación de la mencionada “coalición contra el trabajo”. La distancia entre el propuesto debate y “la constitución en todo el mundo de federaciones de individuos asociados libremente que le arrebaten los medios de producción y de existencia a la máquina vacía del trabajo y la explotación y los tomen en sus propias manos” no es objeto de su interés. Nótese de paso que el manifiesto basa la creación de una sociedad libre en la expropiación de los medios de producción, no obstante ser inservibles para la menor tarea emancipatoria. La técnica no es neutra. Los medios que se valían del trabajo esclavo no valen para liberar a la sociedad del trabajo, son por lo tanto, inexpropiables. El manifiesto evita así cualquier consideración crítica del papel de la técnica en la perpetuación del trabajo y en la orientación inhumana del sistema productivo.
4. El manifiesto también soslaya, a mi parecer, lo esencial: la fenomenología del sujeto histórico, el camino que lleva desde “la crítica del trabajo formulada expresamente” al “sistema escalonado de Consejos”, pasando por la constitución de “un movimiento social práctico contra el trabajo”, máxime cuando se afirma que “la lucha de clases se ha acabado” o que el concepto de clase es una categoría fetiche. Y como corolario escamotea el problema de la acción, el ¿qué hacer? En resumen, en lugar de explicar algo de las condiciones, dificultades, mediaciones y etapas del proceso revolucionario, desde su génesis hasta la fase paradisíaca de la abundancia cuyo lema será “¡Cojamos lo que necesitemos!”, el manifiesto desemboca en fórmulas gaseosas como “combinar las formas de práctica contrasocial con el rechazo ofensivo del trabajo”. ¿Qué formas? ¿qué ejemplos prácticos nos ilustran sobre el modo de combinarlas? Y sobre todo ¿quién lo hará? Podemos deducir que la clase obrera, al estar demasiado ligada al trabajo, no será el protagonista adecuado de una transformación social que abolirá el trabajo, pero ¿quién es? ¿Existen colectivos capaces de llevar a cabo una praxis antitrabajo coherente y comunicarla? ¿cómo? Los autores no han creído necesario precisar más. Se conforman con generalidades que no contribuyen en nada a la comprensión de las causas de la opresión social ni ayudan a combatir contra ella.
5. El método del manifiesto consiste en aislar una categoría social –el trabajo—y convertirla en el eje de su construcción teórica, que presentan como nueva. La lucha pues contra el trabajo ha de ser el requisito de toda acción revolucionaria. A pesar de la simplificación ideológica el camino no se acorta, sino que cae en un círculo vicioso, puesto que es pura tautología. Lo que parecía nuevo deja de serlo si sacamos a la luz el alter ego del trabajo, el capital. El trabajo no se puede separar del capital; ambos no son otra cosa que “dos aspectos de una misma relación”, dice Marx. Si luchamos contra el trabajo, lo hacemos contra el capital; si tratamos de abolir uno, aboliremos también el otro, pero esto es algo tan nuevo como la Internacional. Abolición del capital igual a abolición del trabajo esclavo, abolición del dinero, abolición de la división del trabajo, abolición del tiempo abstracto (“Time is life not money”).
6. La teoría del valor no lo explica todo. La identificación subyacente entre trabajo y opresión social es verdadera, pero el hecho de que históricamente haya existido opresión –y Estado—en sociedades no fundadas en el trabajo (todas menos la capitalista) nos han de hacer ver de que la abolición del trabajo no conjura todos los peligros.
7. En definitiva, estamos ante un nuevo intento fallido de formular un rechazo creíble del homo laborans partiendo de los viejos esquemas de liberación hoy completamente superados por el propio capitalismo. Las contradicciones se tratan de salvar atrincherándose en generalidades. Se vive bien en el limbo ideológico. Sin embargo, el combate contra el trabajo es un combate eminentemente práctico que ha de darse cotidianamente. Cada periodo crea prácticas contra el trabajo; antes, durante las épocas de fuertes conflictos laborales, fueron las huelgas, la reducción de jornada, el sabotaje y el turn over o precariedad voluntaria; durante los periodos de reconversión llegaron las bajas permanentes fraudulentas los talleres cooperativos o el neorruralismo; hoy todavía, en pleno deterioro del mercado de trabajo, todavía pueden simularse enfermedades, sobre todo psíquicas, y es posible recurrir a un sano absentismo o a un calculado esfuerzo mínimo. Si algo quedó claro en las pasadas movidas de parados es que la demanda de un paro bien pagado y sin límite ha de ser la reivindicación de base de las masas trabajadoras esclavas. Neutralizar una importante arma en manos de la dominación como es el paro podría ser el programa mínimo de un futuro movimiento proletario, su “Carta del Pueblo”. Nada de esto es la revolución, ni mucho menos, pero son maneras que indican cómo empezarla.
Miguel Amorós
Enero 2003- Revisado en abril 2005
Por: raksasa | Miguel Amorós | Comentarios (0) | Referencias (0)