anarquía, caos, lud(d)ismo, contracultura, groucho-marxismo, marxismo-lenonismo, post-izquierdismo y demás malvades.
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Lunes, 03 de octubre de 2005
Fredy Perlman huyó de Checoslovaquia, de niño, justo antes de la invasión nazi, evitando, según sus propias palabras, aquel “exterminio de seres humanos racionalmente planeado, una experiencia central en la vida de tantas gentes en un período en que tanto la ciencia como las fuerzas productivas habían adquirido un amplio desarrollo.” La vida y las ideas de Perlman se enmarcan dentro de este contexto -la maquinaria humana y las diferentes respuestas de los seres. Desde su punto de vista, el problema de la libertad está siempre presente: de las leyes y edictos, uno puede aprender a resistir o a escapar, o a ser lo suficientemente brutalizado para convertirse a sí mismo en un represor, una posibilidad que Perlman exploró con agudeza en su ensayo, El Antisemitismo y el Edicto de Beirut (1982).
Gran parte de la lucha teórica y práctica de Perlman consistió en investigar el proceso de alienación y fragmentación ante el cual los seres humanos entregan su autonomía y participan en su propia aniquilación. Trató de este problema en ensayos como La Reproducción de la vida diaria y su libro sobre C. Wright Mills, La incoherencia del intelectual. En su propia existencia, Perlman resistió la fragmentación y la incoherencia racionalizada, escribiendo enfáticamente en el libro sobre Mills, “Lo que importa es el reconocimiento de uno mismo y la ubicación de una realidad que haga posible toda acción coherente”.
Radical deriva de “desde la raíz”, y así fue la perspectiva radical de Perlman, incluso en su vida privada. El problema consistía en ejercer la libertad apropiadamente para convertirse en un ser humano antiautoritario, y poder superar el corte entre el pensamiento y la acción. “El primer paso contra la esquizofrenia social”, escribió, “consiste en unificar el propio yo, o por lo menos, definir las condiciones para la coherencia de uno mismo.”
La seriedad con la que se enfrentó a este problema, le hizo tomar importantes decisiones: la de abandonar los Estados Unidos al estallar la crisis de los misiles cubanos y la de dejar su puesto de profesor en la universidad a finales de los sesenta, y crear, junto con su esposa Lorraine y otros compañeros el proyecto editorial Black and Red, así como la Cooperativa de Impresión en Detroit.
Fue un hombre de gran influencia en el círculo de Detroit. En los años setenta, Perlman avanzó más allá de la teoría marxista y de la historiografía anarquista, más allá de la tecnología y de la modernidad, y se centró en el redescubrimiento de la comunidad humana primitiva para llegar a la comprensión de que el capital no es el resultado inevitable del desarrollo histórico “material”, sino que es una aberración monstruosa. Sin embargo, el tema central de sus preocupaciones, siguió siendo el de la libertad -por qué las gentes eligen ser participantes pasivos de su propia alienación, y por qué las gentes persisten en reproducir las condiciones de su propia miseria.
En los primeros ochenta, Perlman apuntó en su obra ¡Contra la Historia, Contra el Leviathan!, cuánto había perdido el ser humano en el devenir histórico. Pero, la misma energía que ayudó a Perlman a describir los horrores de la civilización, hizo posible también, que pudiera resaltar las fuerzas de la vida y las expectativas de esperanza. Quedaba claro que “las difíciles condiciones materiales” antes de la civilización, no habían sido tan difíciles como se supone hoy día; la frase “seres que eran mucho pero tenían poco”, describía una vida en la que “las condiciones materiales” eran secundarias o irrelevantes a cualquier tipo de posesión, “no la Posesión de cosas sino posesión del Ser”. Así es como escribía en Contra la Historia, apuntando ideas más sutiles, más poéticas, como si su voz se tornara visionaria.
El redescubrimiento de lo primitivo señalaba el retorno a la naturaleza -a nuestra propia naturaleza- y a una nueva dirección para la libertad. Escribió: “El estado de la naturaleza es una comunidad de libertades -un jardín de frutos, lleno de banquetes, bailes y fiestas.” Esto significaba la afirmación de un paraíso en la tierra -tanto en el pasado remoto y suprimido, como en una promesa inminente. Es obvio que declaraciones tan provocativas provocaran respuestas negativas -el mismo tipo de arrogancia que se mostró contra las brujas, los danzantes paganos, y las comunidades aborígenes cuando fueron entregados a las llamas devoradoras. El racionalismo, la metafísica brutalizada de los esclavos cuyo interior está colmado de cadenas y obstáculos, cierra cualquier posibilidad de paraíso. “Aplican la palabra “salvaje” a los libres,” escribía Perlman. “Pero es otro secreto público que los domesticados en algunas ocasiones se tornan salvajes, pero nunca consiguen la libertad en tanto que permanecen atados a sus sufrimientos”.
La capacidad de convertirse en salvaje y de transgredir los límites de nuestro sufrimiento permite la esperanza. “Admito que la resistencia es la respuesta natural a la deshumanización,” observaba, “y, por consiguiente, no necesita de explicación ni de justificación.” Este potencial es inmediato, una presencia dentro de todos nosotros, dado que las gentes “nunca son en conjunto conchas vacías...entonces, queda todavía un rayo de vida y esperanza …”
Perlman fue un brillante teórico, pero también fue cantante, activista político y rebelde intuitivo. Su proyección en la naturaleza y en los poderes curativos de ésta, así como su estudio y comprensión de la India, le hicieron creer en “un cambio de mundos”, más que en la existencia de la muerte. En su último viaje a las playas del lago Hurón , Marilyn y Lorraine le trajeron una piedra con marcas misteriosas. ¿Se trataba de los cuerpos de sus antepasados, de un mensaje que éstos le envíaban? Más tarde, en el comedor, nos pasamos la piedra de mano en mano, sintiendo su extraño y amistoso poder. Perlman no había llegado a la playa, su corazón le estaba fallando. Así que el mensaje de la piedra le llegó como un regalo, como un trozo de paraíso, como un ensueño. Nosotros, sus amigos, pensamos en él y lo sentimos vivo, ahora que ha cruzado al otro lado y descansa en el jardín mientras conversa con los espíritus de las piedras.
Lo llevamos en nuestro corazón, como una piedrecita brillante.
David Watson, 1998
Por: raksasa | Fredy Perlman | Comentarios (0) | Referencias (0)